La poseída Aitana miró hacia el cielo al tiempo que su fantasmal cuerno se iluminaba. La luz disminuyó, como el cielo se hubiera nublado. Pero lo que eclipsaba el sol no era una nube.
Primero se escuchó un potente zumbido que creció rápidamente de intensidad. Un enjambre de moscas y tábanos apareció sobre el barco y se lanzó sobre lo marineros. Estos gritaron, aterrorizados, intentando librarse de las dolorosas picaduras. El teniendo High Tide gritó “¡Viento!”, y varios pegasos y grifos alzaron el vuelo, creando una ráfaga para repeler a los insectos. Pero estos volvían a cerrarse sobre sus objetivos a la menor oportunidad. Los unicornios de Poison se unieron al intento de desviar el enjambre
Dark Art retrocedió y canalizó su magia, lanzando un rayo negro hacia la yegua poseída Esta no pareció percatarse del ataque, pero cuando iba a impactar una barrera mágica se hizo visible a su alrededor, desviando el proyectil. Aitana se giró hacia el nigromante.
—Kaltig marak matnur? Part, marak KOLNARG marae!
—¿Kolnarg? —repitió Dark Art, al ser la única palabra que había entendido.
El lich que poseía a la arqueóloga empezó a conjurar usando el antiguo idioma, con una voz grave sobreponiéndose a la de Aitana. Esferas negras se formaron de la nada y orbitaron en torno a su conjurador, mientras más y más se unían a la danza. Dark Art conjuró sus defensas, pero no tardó en darse cuenta de que no iba a poder resistir semejante poder.
Las esferas giraron a toda velocidad antes de salir proyectadas hacia el unicornio azul, trazando amplias parábolas que convergían en el mismo objetivo. Dark Art conjuró en el último instante, y una explosión de muerte cubrió la zona donde estaba. Cuando se disipó, del nigromante no quedaba ni rastro.
Mcdolia había visto lo ocurrido, pero los constantes ataques de los esqueletos no la dejaban acercarse. En medio del combate se vio luchando codo con codo junto a Poison Mermaid.
—¡¿Qué le pasa a Aitana?! ¡¿Está haciendo magia?! ¡¿Y dónde está el nigromante?!
En ese momento, la arqueóloga, todavía poseída, avanzaba con una cruel sonrisa, mientras dirigía a los esqueletos en el combate.
—Está.... ¡dominada! —mintió Mcdolia—. ¡Dominada por el nigromante!
Un lobo se libró de la pelea contra los esqueletos y cargó contra la yegua marrón. Esta lo miró, sin dejar de sonreír y conjuró. El lobo se detuvo y gritó, derrumbándose al tiempo que el pelaje de su cuerpo se volvía completamente blanco. Una vez en el suelo, su cuerpo se consumió hasta convertirse en cenizas que fueron arrastradas por el viento. Poison Mermaid voló hacia atrás y gritó:
—¡Dadme un mosquete, rápido!
Uno de sus sementales obedeció la orden al instante, lanzándole el arma solicitada. La pegaso la atrapó en el aire y voló hasta un palo de su propio barco. Con calma y destreza sacó una extraña bala de sus zurrones junto a una carga de pólvora. Cargó su mosquete y presionó el contenido mientras colocaba una mecha.
—¡Pero qué hace!
Mcdolia no podía permitir que mataran a Aitana, ¡no era culpa suya! ¡Estaba poseída! Corrió hacia atrás, saltando al barco de Poison y buscó las cuerdas que necesitaba escalar para subir hasta la capitana.
Poison Mermaid terminó de presionar la pólvora, se posicionó sobre el palo y alzó el mosquete, apartando mechones azules y turquesa de su cara con un movimiento de cabeza. Aitana seguía avanzando hacia los marineros, hablando en un idioma que Poison no entendía, pero que no auguraba nada bueno. Apuntó con cuidado, solo tenía un disparo.
—¡Poison, no lo hagas! ¡Está poseída!
La capitana ignoró el ruego de Mcdolia. Aitana se acercó a los marineros, pero el teniente High Tide ordenó retirada, orden que fue obedecida por ambas tripulaciones. Los esqueletos formaron una linea que cargó contra todo ser vivo frente a ellos. Poison ajustó su disparo, corrigiéndolo según los movimientos de los barcos y la fuerza del viento. El enjambre de tábanos volvió a cerrarse sobre los marineros, a pesar de los continuos esfuerzos de pegasos y grifos por repelerlos. Poison agarró con su pezuña izquierda la palanca del disparador, y respiró hondo, calmando el temblor natural de su pulso.
—¡No!
Mcdolia observó desde abajo, impotente, cómo la detonación surgía del arma de Poison. Miró hacia Aitana, rezando por no verla caer abatida al momento. Sin embargo, no fue una explosión de sangre lo que ocurrió: una nube verdosa se formó de la nada sobre la cara de la arqueóloga. Esta se sacudió y dio un traspiés hacia atrás, parpadeó un par de veces... y cayó inconsciente. La sombra que la cubría siguió rodeándola durante unos segundos, pero finalmente se disipó.
Poison Mermaid levantó su arma y observó cómo los esqueletos, tras unos momentos, caían al suelo como pequeñas montañas de huesos de distintos tamaños. Los tábanos, tras un nuevo golpe de viento, se dispersaron y no regresaron. La capitana de La sirena mutilada miró sonriente a la alterada yegua roja.
—Vamos, querida, ¿de verdad creíste que iba a matarla? ¿Y quién iba a pagarme mis honorarios, entonces?
—Oh... gracias.
Hubo un repiqueteo de metal sobre madera. Toda la tripulación del Relámpago negro había lanzado sus armas al suelo y el contramaestre, un grifo de plumas doradas y pelaje marrón, gritó:
—¡Capitana Poison Mermaid, nos rendimos!
La aludida saltó del palo y voló hasta la cubierta para empezar a repartir órdenes a sus hombres.
—Buen trabajo, queridos. Atended a los heridos, también a Aitana Pones. Ayudad a los que hayan caído por la borda y recuperad lo que habíamos venido a buscar y cualquier cosa de valor.
Mcdolia llegó tras la capitana y escuchó la última orden.
—Eh, sí. Es una caja de metal con unos símbolos arcanos encima, dile a tus hombres que no los alteren.
—Claro, querida —dijo Poison con una sonrisa—. Ya habéis oído a nuestra pasajera. Teniente High Tide...
—¿Sí, capitana?
—Apresad a Mcdolia.
Antes de que la yegua roja pudiera reaccionar, media docena de ponis se echaron sobre ella y la amarraron de pezuñas a cabeza.
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Aitana se encontraba fatal. Fatal era poco: estaba débil, muy débil. ¿Qué había ocurrido? Se sentía como si le hubiera pegado una paliza, después hubiera corrido una maratón y le hubieran pegado otra paliza. Sentía la cabeza increíblemente pesada y le costaba respirar. De hecho, le dolían las costillas, y mucho. ¿Qué demonios había ocurrido? Intentó moverse pero sintió que algo se lo impedía.
—¡Se está despertando!
Escuchó un montón de movimiento frente a ella. Abrió los ojos, que habían recuperado su tono verdoso original. El mundo estaba totalmente desenfocado, y la cabeza le daba vueltas. Pero poco a poco pudo ir distinguiendo las figuras de casi veinte ponis frente a ella. Estaban en la cubierta de un barco y el sol brillaba con fuerza.
Los sementales de Poison fueron definiéndose a los ojos de Aitana, y entonces observó que todos ellos portaban mosquetes... y le estaban apuntando. Intentó moverse, pero se dio cuenta de que estaba atada al mástil principal de la embarcación. Frente a ella, en el palo menor, estaba también Mcdolia, atada de igual forma y amordazada. Poison estaba frente a sus hombres, apuntando a la arqueóloga a su vez.
—¡Poison, ¿qué cojones haces?! —jadeó—. ¡Suéltanos!
—Lo siento, querida, pero no voy a correr riesgos —respondió la capitana—. Dime, Aitana, ¿dónde nos conocimos?
—¿A qué viene esa pregunta? ¡Lo sabes perfectamente, j*d*r! ¡Suéltanos!
Poison dudó durante unos instantes; después le entregó su arma a otro marinero y se acercó a la inmovilizada yegua. Cuando estuvo a poco distancia de Aitana, desenfundó su sable.
—Creo que no lo has entendido, querida. Antes has atacado a mis hombres, y por suerte para ti no tuvimos que lamentar ninguna baja. Sería una capitana pésima si me arriesgara a que algo así ocurriera nuevamente.
La yegua de crin turquesa levantó su sable y lo colocó sobre el cuello de la arqueóloga.
—Responde, ¿dónde nos conocimos, cuándo, y para qué?
Aitana tragó saliva. Mcdolia intentó gritar, aunque sus gritos quedaron ahogados en quedos gemidos debido a la mordaza.
—Nos conocimos en Phillidelphia —respondió rápidamente, aunque tenía que detenerse por momentos porque se quedaba sin aire—, hace unos tres meses. Contacté contigo a través del barman del “Cordero degollado”, buscaba alguien para un trabajo y me dijo que tú eras la mejor. Te entregué el mapa para encontrar el Cetro dorado del Alicornio, el cual me entregaste hace un mes y medio en la taberna “El Manehattanés errante”, donde tuvimos una pelea contra unos tipos que creyeron que te podían robar. Te pagué exactamente 15200 bits por tus servicios, y cuando me viste me dijiste que “vaya cambio de look” porque iba teñida de rojo para que no me reconocieran. Y que el sombrero de paja me quedaba fatal. Y me diste tu polvo alquímico violeta para mandarte un mensaje si tenía otro trabajo. Ahora, ¿puedes soltarnos?
La capitana mantuvo el arma en su sitio, mirando a Aitana fijamente a los ojos. Finalmente bajó el sable y sentenció:
—Es ella. Soltadlas y atended adecuadamente sus heridas.
Aitana cayó pesadamente al suelo en cuanto las cuerdas que la sostenían fueron retiradas. Se miró al costado y lo que vio la dejó impactada: una impresionante herida, digna de ser estudiada en una clase de anatomía, se abría en el mismo. La sangre empapaba todo su pelaje, formando un pequeño charco bajo ella. El médico de La sirena llegó a su lado y empezó a tratarla.
—Ssep, tienes tres costillas rotas y una de ellas salió hacia afuera, tuve que ponerte una cataplasma para parar la sangre y bloquear el agujero para que siguieras respirando. ¿Cómo pudiste seguir combatiendo así?
—No... no sé... —respondió la arqueóloga, dejando caer su cabeza sobre la cubierta—. Adrenalina, supongo. No... no puedo respirar.
—Nah, no te preocupes, que esto no es nada.
—¡Aitana!
Mcdolia, que había sido liberada, galopó hasta el lado de su amiga.
—¿Cómo estas?
—Bien. Me... ¿me poseyó? j*d*r... fui una idiota.
—Pero todo está bien. Tenemos el sarcófago.
—Menos mal...¡AARG!
Con un sonoro crujido, el médico recolocó algo en el pecho de Aitana, haciendo que esta gritara por el horrendo dolor.
—¡Lista!
—Menos mal... —suspiró Mcdolia.
—No, digo que lista la primera costilla. Quedan dos más por re-colocar
—¡Es... espera! —suplicó Aitana—. ¡Que alguien me dé ron, j*d*r!
—¿Ron? No, aquí solo tenemos zarzaparrilla. ¡Traed una botella!
A varios metros de la truculenta escena, el teniente High Tide se acercó a Poison Mermaid.
—Capitana, ¿no debería darle a la pasajera algo para el dolor? Su calmante alquímico es mejor que la caricia de una madre.
La yegua de pelaje añil miró, desde la distancia, cómo Aitana pegaba un buen lingotazo de licor preparándose para afrontar las curas del médico.
—No, déjala. Si se desmaya del dolor entonces le daré un calmante.
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Un unicornio azul surgió de las aguas del Narval y nadó hasta la orilla. Cuando hizo pie, Dark Art se sacudió las blancas crines que llevaba pegadas a los ojos. Los dos barcos pirata se alejaban río abajo. El combate había terminado hacía unos minutos y, evidentemente, habían logrado detener a Aitana Pones de alguna forma. Él se había visto obligado a tele-transportarse para huir de su furia, pero calculó mal y acabó cayendo al agua a casi doscientos metros de su barco.
Pero había algo que lo perturbaba: no era el hecho de que Aitana pudiera ejecutar alta magia negra como esa. Ni siquiera que hablara en un idioma muerto: era el nombre que había pronunciado.
—Kolnarg...
En la hermandad se sabía que los arqueólogos, entre ellos Aitana Pones, habían acudido a algún lugar de Egiptrot hacía unos años para acabar con el ancestral lich. Pero nadie sabía qué había ocurrido ahí exactamente: solo se sabía que el poder de ese ser desapareció, por lo que supusieron que los arqueólogos habían tenido éxito en su misión. Pero esto... cambiaba las cosas.
—Así que esto es lo que pasó, Kolnarg está ligado a Aitana Pones.
Dark Art echó a andar río abajo. No sabía cuánto tardaría en llegar a alguna ciudad para encontrar un transporte de vuelta a Equestria. Había perdido a Manresht, pero a cambio tenía localizado al lich más poderoso de todos los tiempos. Y esa era una información muy importante para los planes de la Hermandad de la Sombra.
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Hacía unas horas que La sirena mutilada había superado la desembocadura del río, junto a Taichnitlán, y ahora se dirigían sobre aguas tranquilas hacia Manehattan. Habían tenido que sobornar a algunos miembros de la guardia, los cuales se mostraron más que deseosos de librarse de un poco de trabajo para controlar los cientos de refugiados que habían llegado desde el sur. Por lo que pudieron escuchar, al parecer la terrible plaga que había asolado los Reinos Lobo había remitido, y el ejército se estaba encargando de dar caza a los zombis ígneos que habían sobrevivido.
Llegada la noche, la tripulación se reunió para cenar y abrir unas cuantas botellas de zarzaparrilla. La capitana no acudió, ya que estaba ocupada haciendo cuentas de los daños sufridos para calcular a cuánto ascenderían sus honorarios. Alguien llamó a la puerta de su despacho.
—Adelante.
Aitana Pones entró en la sala, caminando lentamente. Firmes vendajes cubrían su pecho en su totalidad, limpios de todo resto de sangre. Poison sonrió cortésmente, que no sinceramente.
—Veo que nuestro médico ha hecho un buen trabajo contigo, querida. Me alegra verte caminar por tu propia pezuña.
—Sí, es bueno el jodío —dijo la yegua marrón, sentándose dolorosamente en una silla—. Pero j*d*r, no veas lo que duele.
—Es lo que tiene correr riesgos innecesarios —respondió la capitana levantando la vista de los papeles que tenía sobre el escritorio—. ¿Podremos tener una noche tranquila, al menos? Tú y tu compañera tenéis que descansar, o no os curaréis en la vida.
—Sinceramente, soy inútil en alta mar. De tener una noche tranquila tendrás que encargarte tú.
Aitana paseó la vista por la estancia, deteniéndose en un enorme arcón que había en la misma.
—¿La caja de metal está segura? Es primordial que no se abra.
Poison se levantó de la silla y paseó por la habitación hasta el mismo arcón.
—Tendrían que pasar por encima de mi cadáver —dijo, acariciando la tapa del mueble—. Y ni aún así conseguirían llevársela.
—No me engañaron cuando me dijeron que eras la mejor —sonrió la yegua marrón—. Si no llegas a venir habría sido un desastre que ni te imaginas.
Poison resopló visiblemente, levantando su flequillo bicolor, y caminó de vuelta a su silla.
—Pues claro que soy la mejor. No todos los piratas ganamos nuestra fama por habladurías, los habemos que ganamos nuestra fama por méritos reales.
—No hace falta que lo jures, Poison. Ahora solo espero que no me lleves a la p*ta ruina con tu factura —añadió Aitana, bromeando.
—Ya veremos... Puede que te haga el descuento para amigos y familiares si llegamos todos de una pieza a casa. Y tú entras en el paquete de "todos"
—Bueno, no creo que pase nada más durante el camino. No creo que nadie sepa lo que ha ocurrido, realmente —la arqueóloga se estiró ligeramente y se levantó—. Ah bueno, creo que me iré a dormir. En otra ocasión quizá buscaría compañía con alguno de tus sementales, pero hoy no me veo en condiciones —Aitana parpadeó un par de veces—. Nunca creí que diría algo así...
La poni se dirigió a la puerta. Antes de que llegara, Poison se levantó rápidamente y se interpuso en su camino, mirándola seriamente.
—Antes de irte, querida... Me gustaría saber qué demonios ha pasado ahí fuera contigo. Y no me digas "nada" o "estaba siendo controlada por Dark Art" porque sé perfectamente que estabas poseída
—No lo entenderías, Poison —respondió, visiblemente inquieta—. Es un efecto secundario de una... expedición, por así decirlo.
Poison Mermaid rió con sorna.
—De efectos secundarios de expediciones también puedo hablarte yo, querida —dijo, girando la cabeza y mostrando su oreja izquierda, rota y mutilada—. Has estado jugando con magia negra, ¿no? Una magia antigua y oscura...
—¡Qué co*o dices! Yo no he jugado con magia negra.
—Querida, no intentes engañarme. Si no fuera eso, las balas especiales que usé contra ti no te habrían afectado en absoluto.
Aitana se sorprendió, ya que no esperaba que una capitana pirata supiera tanto sobre magia negra. Y menos aún sobre cómo contrarrestarla.
—No, no he estado “jugando” con magia negra, ¿es que tengo cara de loca? ¡Vale, no respondas a eso! —añadió rápidamente—. Lo que pasa es que... me dedico a cazar magia negra, para entendernos.
Poison ató cabos rápidamente.
—Entonces... ¿la fiebre infernal de los Reinos lobos...?
—Sí. Nosotras la hemos detenido.
La capitana pareció bastante sorprendida por la revelación. Esta yegua le caía francamente mal, pero tenía que reconocer que no muchos serían capaces de enfrentarse a la cosas que ella combatía, de eso no había duda. Se fijó en la fina cadena que rodeaba su cuello y se perdía entre los pliegues del chaleco, pero decidió no indagar al respecto.
—¿Y aún sigues viva? Eres más dura de pelar de lo que creía —Poison se acercó a uno de los arcones y sacó varias botellitas del mismo—. Espera un momento, voy a prepararte algo.
—Eh... vale, cojonudo.
La pegaso añil empezó a trabajar rápidamente, pasando de una pequeña mesa de alquimia a distintos cajones de los cuales sacaba ingredientes a cada cual más pintoresco que el anterior. Aitana no pudo entender qué hacía, solo la vio mezclar mil cosas diferentes en un frasco de cristal y ponerlo sobre unas velas. La mezcla empezó a hervir, adquiriendo un tono violáceo. La exploradora se sorprendió al ver cómo el líquido empezaba a brillar ligeramente. Poison retiró el frasco del fuego y vertió el contenido en un pequeño bote que cerró antes de dárselo a Aitana.
—Este brebaje me enseñaron a prepararlo unos grifos a los que les devolví un tótem sagrado que les habían robado. Sirve para proteger la mente y el cuerpo en una posesión, en el caso de que no se pueda evitar; en otras palabras, te hace consciente de que estás siendo poseída. Nunca he tenido que usarla para mí misma
—Hostia. Muchas gracias, Poison —respondió Aitana mientras guardaba el bote—. Me será muy útil.
—Cuando lleguemos a puerto te daré la receta para que puedas prepararte más, aunque los ingredientes son muy escasos. Vete a descansar, Aitana, todavía nos quedan dos semanas de viaje hasta Manehattan.
La capitana volvió a su escritorio donde siguió haciendo cuentas. Aitana se despidió y salió del mismo, dirigiéndose a su litera. Mcdolia dormía junto a la misma, pero abrió los ojos cuando la arqueóloga se acercó.
—¿Todo bien?
—Perfectamente. Al final todo ha salido de p*ta madre.
La yegua roja se incorporó. Tenía varias vendas sobre sus patas y cabeza, y un montón de apósitos que tapaban distintas heridas leves en todo su cuerpo. Pero, en general, estaba en buenas condiciones.
—¿Qué piensas hacer con Manresht?
—Mi padre me ayudará. Abriremos la caja dentro de un círculo de contención y dejaremos que la magia que lo mantiene con vida se extinga.
—¿De verdad hay que... matarlo, Aitana? —preguntó Mcdolia en voz baja—. ¿No hay ninguna otra posibilidad?
La yegua marrón se tumbó, no sin dificultades, en su hamaca y se tapó la cara con el sombrero.
—No. Solo los dioses y semidioses pueden vivir eternamente. Cualquier otro que lo haga sencillamente es un ser malvado por naturaleza.
—Todo el mundo puede cambiar.
—Aj, j*d*r Mcdolia, mira que eres idealista. Incluso aunque así fuera, Manresht debería haber muerto hace más de mil años. No hay nada que hacer por él, solo dejar que el señor de las estrellas juzgue su alma cuando muera.
Mcdolia guardó silencio durante unos minutos, apenada porque Aitana tenía razón en que no había nada que hacer por Manresht. Pero algo le había llamado la atención.
—¿Eres religiosa? No me lo pareciste cuando te conocí.
—Je, religiosa no es la palabra —Aitana levantó su sombrero y miró a su amiga con media sonrisa—. No tengo fe, Mcdolia, pero hay cosas que me indican que los titanes, los que crearon el mundo a partir del Caos primordial, sí que existen.
—¿Qué cosas?
—Bueno, para empezar la magia rúnica: si no invocas las bendiciones de Imperator Stellarum, Mater Luminis, y Pte Ska Win, los sellos de contención sencillamente no funcionan, a no ser que seas un unicornio y los alimentes con tu propia magia. Aparte de que todas las religiones existentes...
—¡Eh, princesitas! —gritó un semental—. ¡A hablar de teología os vais a cubierta, que intentamos dormir!
Mcdolia se disculpó y volvió a tumbarse. Aitana se cubrió el rostro y se durmió en pocos minutos. Por primera vez en semanas pudo dormir relajada, sin el enorme peso de la responsabilidad recayendo sobre sus hombros.
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NOTA DEL AUTOR:
Fin del capítulo ocho.
Estamos a punto de acabar la primera parte de “Aitana Pones”, falta un capítulo, o un capítulo y epílogo, aún no lo he decidido.
Si aún os lo preguntáis, pronto sabréis qué demonios es el famoso 'Cetro dorado del alicornio' (que no es el Twicane :P), y para qué piensa utilizarlo.
Oh, y por supuesto tendréis la primera pista de lo que ocurrirá en el siguiente libro de la trilogía: “Aitana Pones 2: La tumba del norte”.
Agradecimientos a Pandora por su grandioso personaje Poison Mermaid y su tripulación (en serio, cada vez que roleo con ella el mundo de Aitana crece más). A Quisco Mcdohl por su personaje Mcdolia y por ayudarme a escribir las confrontaciones entre esta y Aitana. Es curioso cómo estos dos personajes son tan contrarios y, a la vez, tan complementarios.
Los nombres de los dioses los saco de la mitología del autor Kolbjorn en su historia “Armonía”. Aunque nuestros universos son diferentes, su mitología me gusta tanto que tuve que hacerle un guiño en mis fics.
Un saludo y gracias por aguantarme. Próximo capítulo en breve.