—Arriad las velas —ordenó Poison Mermaid—. Lanzad los cabos a tierra y asidlos bien. Timonel, inicie el atraque.
—¡Sí, capitana! —respondió la tripulación.
La sirena mutilada llegó, tras más de dos semanas de travesía, al gran puerto de Manehattan. Varios ponis corrieron junto a la embarcación a lo largo del muelle, recogieron los cabos y los ataron a los topes para tal fin. Los sementales de Poison aseguraron los otros extremos y el barco se detuvo suavemente. Antes de que el mismo estuviera asegurado, Aitana y Macdolia saltaron a tierra, deseosas de pisar suelo firme al fin. Pero algo extraño les ocurrió: nada más posar sus pezuñas en el puerto las invadió un fuerte mareo y casi perdieron el equilibrio. La capitana Poison Mermaid aterrizó a su lado y sonrió divertida.
—Estáis sufriendo un mareo de tierra, queridas. Suele ocurrirle a los marineros inexpertos, se os pasará en seguida.
Aitana logró incorporarse y miró, sonriendo ampliamente, a la ciudad que se alzaba frente a ella: estaba de vuelta en casa. Una pasarela fue tendida desde el barco y los marineros empezaron a descargar distintos bienes y metales preciosos. Aitana se acercó a un potro que paseaba por el puerto y le entregó un bit de oro.
—Chico, consígueme un transporte hasta la universidad. Uno grande para llevar un cajón bastante pesado.
—¡Sí, señora!
Aitana lo observó alejarse. ¿Señora? ¿Tan mayor parecía? Sin darle más vueltas volvió hacia el barco, del cual vio descender al médico.
—¿Qué tal esas costillas?
—Ya casi no me duelen, doc. Muchas gracias.
La herida que sufrió la arqueóloga se había cerrado completamente gracias a los expertos cuidados del doctor. Le había dejado una cicatriz bastante fea, pero el pelaje ya había crecido sobre esta, ocultándola casi completamente. Aitana subió al barco y se dirigió a la bodega, pero antes de llegar vio a varios unicornios junto a la trampilla principal de la misma. Macdolia parecía estar dirigiéndolos.
—Vale, subidla ahora con cuidado.
La enorme caja de metal, cuyos símbolos arcanos seguían brillando, apareció levitando. Guiada con cuidado por la magia y por la yegua roja, recorrió el camino hasta el puerto y fue posada suavemente sobre los adoquines. Ambas amigas se sentaron junto a la misma mientras esperaban el transporte. Poison Mermaid se les acercó.
—Bueno, Aitana, Macdolia, ha sido un placer hacer negocios con vosotras. Aitana, te haré llegar próximamente la factura por mis servicios, tal como acordamos. Aquí tienes la receta que te dije.
—Claro Poison, sabes que siempre cumplo mi palabra —dijo mientras cogía el papel que la capitana le tendió—. Gracias.
—Siempre puedes contactar conmigo si necesitas nuestros servicios. Cuidaos, mis estimadas.
Poison Mermaid se alejó, con su habitual caminar elegante, hacia los comerciantes que ya se acercaban al barco. Macdolia la siguió con la mirada.
—Parece mentira que esa sea la misma feroz pirata que logró capturar un barco y dejarte fuera de combate.
—Ya ves —respondió la arqueóloga—. Siempre me ha dado curiosidad pensar en los orígenes de esta pegaso. Pero, sinceramente, no voy a preguntarle. No es asunto mío.
El mismo potrillo de antes apareció guiando un gran carro tirado por dos sementales. Entre todos subieron la caja que contenía a Manresht. Las dos yeguas subieron a los asientos de los pasajeros.
—¿A dónde vamos, señoritas?
—A la universidad, facultad de historia y arqueología.
[center]**·-----·-----·-----**[/center][/b]
Un unicornio de gris y crines negras, con alguna cana, se hallaba sumido en una montaña de papeles. De hecho, exámenes de estudiantes de historia, que esa semana se habían examinado sobre el periodo del Imperio Coltorginés.
—“El Imperio Coltorginés ocupó la totalidad de los actuales Reinos lobos y llegó a conquistar Egiptrot...”. Ya, y también invadió Equestria, no te fastidia... a ver la siguiente... “Los coltorgineses eran diestros agricultores que cultivaban vegetales para su consumo”. ¿Qué diantres? ¿No sabe este sem... esta yegua que los lobos son carnívoros?
El unicornio levantó la vista y se estiró, preguntándose si sus alumnos eran inútiles o es que él era un mal profesor. Rodeó la mesa, empujándose con las patas delanteras, ya que sus cuartos traseros, inmovilizados, estaban asidos a una silla de ruedas. Se acercó a un pequeño mueble del que sacó una botella de sidra “Sweet Apple Acres Special”. Se sirvió un vaso y conjuró algo de hielo para enfriarlo.
Después se acercó a la ventana. Al dejar de concentrarse en corregir exámenes volvió a sentir la preocupación crecer en su pecho. Hacía casi tres semanas desde que perdió contacto con Aitana. Su último mensaje era un recopilatorio de todo lo que había averiguado y lo que pensaba hacer, y llevaba implícitas unas instrucciones muy claras: “Si no lo consigo, que alguien acabe el trabajo por mi”.
Quizá se había quedado sin pociones de comunicación, pero aún así...
Un carruaje tirado por dos ponis de tierra apareció en el camino entre facultades y se acercó a la suya. Una yegua saltó del mismo, corrió hacia la fuente que había frente a la puerta principal y sumergió la cabeza en el agua. El profesor dejó caer su vaso, se giró y fue tan rápido como le permitía su silla de ruedas hacia el exterior.
[center]**·-----·-----·-----**[/center][/b]
Aitana permaneció unos segundos con la cabeza bajo el agua antes de sacarla, moviendo su melena hacia atrás y creando un un cascada de gotas sobre ella. Miró hacia el sol, sonriente.
—Nunca te había visto tan radiante, Aitana —dijo Macdolia a su espalda.
—¿No es la hostia volver a casa tras haberte jugado el cuello al otro lado del mundo? —respondió la arqueóloga mientras se giraba.
Varios alumnos que paseaban por la zona, yeguas y sementales jóvenes, fueron deteniéndose cerca de la fuente. Algunos murmuraron “¡es Aitana!”, otros la saludaron, y otros sencillamente miraron con curiosidad la caja que estaban descargando los dos ponis del carruaje. Por encima de la algarabía que se estaba formando, se escuchó un grito:
—¡¡Aitana!!
Un unicornio gris en silla de ruedas surgió del edificio más cercano y corrió hacia la aludida. Esta, al ver de quién se trataba, corrió a su vez y se lanzó a abrazarlo con fuerza, casi tirándolo al suelo.
—¡Papá!
—Hija... hija mía, ¡estás viva!
—Casi no lo cuento —Aitana se separó y señaló a la yegua roja que se estaba acercando a la cálida escena—. Macdolia, este es mi padre, el profesor Pones. Papá, esta es Macdolia, literalmente me ha salvado la vida y... ¡¡EH!! —gritó hacia unos ponis que se acercaban a la caja donde estaba Manresht— ¡¡Juro que el que toque eso me pagará TODAS las rondas esta noche!!
Automáticamente se formó un respetuoso círculo de casi dos metros en torno a la caja. Macdolia tardó un momento en asimilar la extraña amenaza que había lanzado Aitana.
—Ehm... bueno, sí, ha sido un placer —comentó—. Pero lo cierto es que Aitana me salvó primero, ya que había sido esclavizada. Digamos que... compró mi libertad.
—Tendréis que contarme todo esto en detalle —dijo el profesor Pones—. Llevemos vuestro... cargamento a un lugar seguro.
El profesor hizo levitar con su magia la caja y echó a andar hacia el interior del edificio, seguido por su hija y Macdolia.
[center]**·-----·-----·-----**[/center][/b]
—...y Poison Mermaid me libró de la posesión de Kolnarg. El resto del viaje fue más bien aburrido.
Aitana y Macdolia terminaron de contar su historia, ambas con sendas copas de sidra en las pezuñas. El profesor había escuchado todo el relato sin interrumpirlas.
—Has tenido muchísima suerte, Aitana. Te advertí acerca de usar tu brújula, que no podrías dominarla siempre. Mira lo que ha pasado al final.
—j*der, papá, no tenía más remedio. ¿Qué querías que hiciera?
—En fin... —continuó el profesor—. Pero hay algo que me inquieta más, ¿quién era ese nigromante que os atacó? ¿Y para qué quería capturar a Manresht?
—Los marineros del Relámpago Negro dijeron que se llamaba Dark Art —informó Macdolia—. Puedo describirlo bastante bien, si os es de ayuda.
—Sí, será útil —respondió Aitana—. Pero el problema es que no nos estamos enfrentando solo a un nigromante.
—¿Qué quieres decir?
La yegua marrón se puso en pie y fue hasta una pizarra donde empezó a hacer un esquema.
—Hace meses dirigí a un grupo de cazarrecompensas para detener una secta que estaba jugando con magia negra y nigromancia. Entre otras cosas habían asaltado bibliotecas, escuelas de magia y algún templo grifo. Fue bastante fácil, pero dentro encontré un mapa que informaba de dónde encontrar el Cetro Dorado del Alicornio. Y, por lo que parece, esa pequeña secta e estaba moviendo para recuperarlo. Había que investigar varias islas, y yo soy inútil en alta mar, así que busqué una tripulación dispuesta a trabajar para mi.
—¿Y encontraste a Poison Mermaid? —preguntó Macdolia.
—Encontró el objeto —asintió Aitana—, pero me contó que en el camino de vuelta había sido asaltada por siete barcos corsarios que iban en busca del mismo cetro. Después, alguien vino detrás de mi con dos objetivos: capturar a Manresht y matarme, y para ello contrató todo un barco de piratas mercenarios. Lo peor es que me conocía: Sabía perfectamente quién soy y lo que estaba haciendo.
—¿Quieres decir que te utilizó para encontrar al diabolista?
La arqueóloga asintió, y tanto su padre como Macdolia quedaron en silencio.
—Pero, ¿cómo puede saber quién eres tú y a qué te dedicas? —preguntó el profesor Pones—. Tu trabajo como cazadora de lo oculto es un absoluto secreto. Solo otros arqueólogos como tú lo saben.
—No lo sé, papá. Pero sospecho que esto no es un solo unicornio: hay toda una organización tras estos eventos. De alguna forma, el Cetro Dorado del Alicornio y el intento de capturar a Manresht están relacionados.
—Perdonad la pregunta, pero estoy perdida —interrumpió Macdolia—. ¿Qué es ese cetro del que habláis?
—En resumen: es un artefacto que se creía una leyenda, un cuento para potrillos: Un cetro ancestral capaz de aumentar los poderes del mago que lo posea. Aunque los estúpidos solo verán en él enorme cetro oro macizo.
El profesor Pones bebió un largo trago mientras su hija explicaba esto a Macdolia.
—¿Seguimos con el plan, hija?
—¿Lo sabe alguien más?
—Solo DD. Es la única a la que informé.
—Eso está bien, mejor que no lo sepa nadie más. Hagámoslo —asintió Aitana—, de hecho ya tengo el lobo ideal para ello: Alib ib Massan. Es un pedazo de idiota, no sospechará.
Macdolia empezó a sobreentender ciertas implicaciones en ese críptico diálogo que la pusieron muy nerviosa.
—No sé si quiero saberlo...
—No, no quieres —respondió Aitana—. Bueno papá, se me está haciendo tarde, nos vemos mañana.
—Tened cuidado.
Se despidieron y ambas yeguas salieron del edificio y se dirigieron hacia algún lugar del campus. Macdolia no tardó en hacer la pregunta obvia:
—¿Dónde vamos, Aitana?
—j*der, Macdolia. Acabamos de salvar todo un reino, capturado un hechicero milenario y salido vivas de milagro. ¿Dónde te crees que vamos?
Llegaron a una taberna que no tenía nombre, pero sí un cartel: “Descuento en los combinados para estudiantes y profesores”. Había buena música en el interior y se oían las voces de muchos ponis. Aitana abrió la puerta de un empujón y gritó:
—¡¡Una ronda para todos, invito yo!!
Todos los presentes, sementales, yeguas y grifos, gritaron una ovación al mismo tiempo. Aitana Pones había vuelto a la universidad.
La banda de Lovely Rock -una joven yegua que había ganado hacía poco un concurso de jóvenes talentos- animó la noche con canciones marchosas y bailables. La bebida corría a raudales, la mayor parte de los jóvenes bailaba y algunos se sentaban en mesas hablando de sus propios temas. En algún momento de la noche, Aitana estaba sentada en la barra junto a Macdolia cuando se le acercaron por detrás tres musculosos ponis de tierra.
—Eh, Pones. Todavía no hemos olvidado lo que hiciste la última vez.
—Ah, mierda, Steady Rock, ahora no. Hace poco me rompí las costillas y aún me estoy recuperando.
Macdolia se puso tensa, pero Aitana le indicó que se calmara con un movimiento de pezuña.
—Oh, así que la señorita nos tiene miedo, ¿no?
—Steady, no me provoques —amenazó Aitana—, que no estoy en condiciones de...
Pero el mismo semental, viendo que su primera táctica no funcionaba, se acercó y le susurró al oído:
—El que pierda invita al otro a un “levanta muertos”.
La yegua marrón apuró su sidra hasta el fondo.
—¿Hace una ronda completa?
El gran semental asintió. Aitana dejó el vaso sobre la mesa con un sonoro golpe y gritó:
—¡Trato hecho!
Se giró rápidamente y propinó un soberbio casquetazo a Steady Rock en el morro, con tanta fuerza que puso a prueba su buen nombre. Toda la taberna gritó de júbilo y empezaron a hacer apuestas. Los otros dos ponis que acompañaban a Steady se lanzaron contra la arqueóloga. Macdolia se giró al barman.
—¿Esto es normal?
—¡Uh, ni te lo imaginas, joven! Aquí tenemos un dicho: “No vale la pena festejar si no hay una pelea en la que apostar”. Las únicas normas son... ¡¡EH!!
La pelea se detuvo y los cuatro contendientes miraron al dueño de la taberna.
—¡Soltad las sillas, conocéis las reglas!
Disculpándose, volvieron a dejar los muebles en su sitio antes de volver a enzarzarse en una ensalada de mamporrazos. El barman sacó un papel y se acercó a Macdolia.
—Por cierto, ¿quieres apostar? Vamos cinco a tres a favor de Aitana.
Uno de los sementales salió volando, proyectado por una coz, hacia la salida. Cuando se giró, Macdolia vio a su amiga agarrada del cuello de uno de sus adversarios mientras le pegaba coces al otro.
—Nah, creo que paso.
La yegua roja se abstuvo un poco del ambiente al notar un picazón en su cutie mark. Sabía bien que eso significaba que ya podía volver, pero tenía ganas de quedarse un rato más -y, dicho sea, asegurarse que Aitana volvía de una pieza a su casa-. Entonces escuchó una conversación en una mesa cercana que le llamó la atención.
—...ni idea. No se puede viajar en el tiempo sin causar una paradoja temporal.
—Según las teorías de Blackstephen Holekins, sería posible en un plano multidimensional, justificable según la teoría de cuerdas.
—Claro, una teoría que predice la existencia de diez a la quinientas potencia universos, ¡no me hagas reír!
—Amigos, si me permitís —interrumpió Macdolia mientras se sentaba con su bebida—, creo que tengo que discrepar...
A su espalda, la pelea se detuvo tras unos minutos cuando ambos sementales saltaron sobre Aitana, inmovilizándola. Esta se revolvió un rato, solo para conseguir sacar una pata y golpear el suelo tres veces.
—¡Vale, me rindo! —los dos sementales se levantaron y Steady Rock le tendió una pezuña—. j*der, ya podréis los tres contra una dama indefensa.
—¡¿Indefensa?! —gritó un poni, limpiándose la sangre que le caía del hocico.
—¡¿DAMA?! —gritó toda la taberna.
El dinero de las apuestas fue repartido, y la banda liderada por Lovely Rock continuó su concierto. El alcohol, financiado por Aitana, empezó a correr libremente. Todavía quedaba mucha noche por delante.
[center]**·-----·-----·-----**[/center][/b]
Una sala estaba en la absoluta penumbra. Sobre el lecho, una poni aparentemente moribunda, yacía inerte, salvo por el pausado movimiento de su respiración. Una figura se deslizó sin tratar de pasar desapercibida por el lugar, caminó hasta una ventana... y abrió las cortinas de golpe. La luz del maravilloso sol de Celestia inundó la estancia, y la yegua moribunda dio un respingo sobre la cama.
—¡¡OH DIOS!! ¡Mi cabeza! ¡ARG!
—¡Buenos días, Aitana! —saludó Macdolia.
—¡No grites, por lo que más quieras, j*der! —respondió esta con la voz ronca.
—Venga, arriba que te he preparado café. Mucho café.
Aitana se sentó en la cama como buenamente pudo, intentando no vomitar.
—Oh mierda, no está bien abusar de una yegua enferma...
—Querrás decir “borracha”.
—No, no, enferma. Borracha estaba anoche, hoy estoy enferma.
Tras un buen vaso de agua -seguido de un rápido viaje al baño-, dos cafés y un analgésico, la arqueóloga volvió a ser capaz de abrir los ojos sin morir en el intento. A Macdolia se le hacía raro ver a su amiga en un ambiente tan distendido como una universidad. Y aún más el hecho de que no llevara su eterno chaleco ni sombrero, ya que ambos descansaban en el perchero de la entrada. La casa de Aitana era sencilla: un pequeño chalet con un jardín bastante descuidado, cercano al campus universitario. El interior era un caos: cachivaches que se amontonaban por todo, artefactos extraños, mapas, libros que iban desde modernos tratados de historia hasta pergaminos ancestrales...
Pero había algo que le llamó la atención desde que entró en el edificio la noche anterior, cargando con Aitana: un ligero ruido, como el chirrido de un enjambre de chicharras pero muy débil, que sonaba continuamente.
—Aitana, ¿qué es ese ruido?
—¿El qué? Ah, claro —sonrió ella—. Unos bichos que me traje de una expedición a Egiptrot llamados “canturos”. Son unos insectos que se comen el polvo y las arañas, y no les gusta salir a la luz. Están debajo del entarimado.
—¿Y para qué los tienes? Son bastante molestos, ¿no crees?
—Nah, me he acostumbrado. Pero mira, intenta caminar sin hacer ningún ruido.
Macdolia hizo lo que le pedía, aunque no entendía nada. Cuando dio unos pocos pasos tan sigilosamente como pudo, ocurrió algo sorprendente: Los canturos dejaron de cantar y la casa quedó en completo silencio. Era un sistema de alarma. Aitana se sirvió un tercer vaso de café.
—Unos bichos cojonudos, ¿no crees?
El ruido del correo depositado en el buzón hizo que Macdolia fuera a por el mismo. Aitana todavía tenía un dolor de cabeza horrible y no se sentía en condiciones de intentar algo tan arriesgado como caminar.
—Es un mensaje de tu padre, Aitana —dijo la yegua roja—. Dice que quiere verte “cuando te recuperes” en la sala de entrenamiento mágico para terminar con Manresht.
—Vale. ¿Vienes, verdad?
—No, creo que no iré —respondió Macdolia con una sonrisa.
Aitana miró a su amiga, extrañada, la cual seguía junto a la entrada.
—Hace mucho que me fui de casa, ya es hora de volver —Macdolia abrió la puerta—. Cuídate, doctora Pones.
—¿Doctora? Se te va la pinza, Macdolia. Yo solo soy una diplomada en historia y arqueología.
—De momento. Nos volveremos a ver, amiga mía.
La yegua roja abrió la puerta y desapareció tras el brillante halo del sol. Aitana se levantó y corrió como pudo tras ella.
—¡Eh, Macdolia, espera! Al menos dime...
Cuando salió al exterior, la arqueóloga se encontró mirando al vacío jardín de su casa. Miró a los alrededores, buscando a su amiga.
—...dónde vives... ¿qué cojones?
Tras asegurarse de que Macdolia no se había escondido en los alrededores para darle un susto, Aitana decidió refugiarse del deslumbrante día. Algo le decía que su amiga era mucho más de lo que le había contado... y que volvería a verla, tarde o temprano.
[center]**·-----·-----·-----**[/center][/b]
—Hola hija, ¿ya te has recuperado? ¿Macdolia no ha venido?
—Por orden: “más o menos” y “no”, papá.
—Vamos al lío, entonces.
La sala de entrenamiento mágico era una gran estancia rectangular con montón de ventanas, las cuales estaban actualmente cubiertas por grandes cortinas. Las paredes, completamente lisas, contrastaban con el suelo, en el cual se había dibujado un enorme entramado ritual. Se trataba de tres círculos concéntricos; dentro de los mismos había un pentagrama cuyos vórtices coincidían con el círculo exterior. Entre línea y línea había una gran sucesión de runas de distintos tipos, algunas de las cuales brillaban ligeramente.
Finalmente, en el centro del círculo, reposaba la caja de metal que contenía a Manresht.
—Veo que has trabajado por la mañana —comentó Aitana mientras inspeccionaba los dibujos en busca de errores—. Debería haberte echado un casco.
—Hija, casi te matas para detener la fiebre infernal. Al menos tenía que dejarte tener una noche en paz.
—Bueno, acabemos con esto. Yo activaré con las gemas las runas de contención, tú encárgate de las de canalización. Después recitamos el ritual y abrimos la caja.
—¿Crees que podremos vencerlo si logra escapar?
—Mejor que eso no ocurra —respondió la yegua marrón—. Aunque está lejos de su fuente de poder, Manresht sigue siendo uno de los hechiceros más poderosos de la historia. Si ocurre tendremos que conjurar un círculo de contención antes de que escape.
Padre e hija pasaron varios minutos armándose: Aitana comprobando todas las gemas mágicas que llevaba encima, y el profesor Pones conjurando distintos hechizos protectores sobre él mismo y su hija.
—¿Todo listo? —inquirió Aitana—. Vamos allá.
La arqueóloga se posicionó al norte del círculo, colocó varias gemas en el suelo y empezó a recitar.
—Imperator Stellarum, protege este mundo del Caos destructor. Mater Luminis, protege a tus criaturas del mal. Pte Ska Win, ata a esta criatura a...
Pero la oración quedó interrumpida por un portazo seguido de un grito.
—¡Vaya, si aquí está la mayor farsante de la universidad de Manehattan!
Aitana y el profesor Pones reconocieron la irritante voz del semental que había entrado sin ser invitado. Tras él llegó un grupo de de ponis armados con cámaras de fotos, libretas y bolígrafos. Aitana sintió una creciente tentación de sacar la daga y hacer una locura, pero luego recordó que asesinar por un arranque de mala leche no está bien. Incluso en su esquema de valores.
—Doctor Trottinghoof... ¿se puede saber qué cojones quieres?
El doctor, un pegaso entrado en años, se plantó altivamente ante la familia Pones, encarando directamente a la arqueóloga.
—Nada, Aitana Pones —respondió, con su aguda voz que parecía gritar “pégame”—. He estado escuchando las cosas que mencionaste anoche. Como tonterías acerca de que la fiebre infernal había sido causada por un hechicero de leyenda... ¿te suena el nombre Manresht?
—¡Me voy a cagar en todo! ¿Es que no puedes dejarme tranquila desde que te llamé “inepto”?
—¿Ahora cambias lo ocurrido? ¡Te atreviste a poner en duda mi tesis doctoral, Aitana Pones, y ahora surges con una increíble historia acerca de la existencia de Manresht! He venido a que la justifiques y demuestres... si es que no te has inventado todo esto...
El profesor Pones vio cómo la ceja de su hija empezaba a temblar con un tic nervioso. Intentó decirle que se relajara, sabía bien que ese tic no auguraba nada bueno. Pero no le dio tiempo.
—¡¡Oh, claro!! ¡Discúlpame, doctor "cojo-todo-lo-que-escribió-un-eminente-arqueólogo-y-encuentro-más-pruebas-que-demuestren-su-teoría-sin-mover-el-p*to-CULO-de-mi-despacho"! ¡Tú te atreves a llamarte arqueólogo, cuando deberías ser el director de una BIBLIOTECA!
—Mi tesis doctoral fue validada por eminentes doctores de...
—¡Doctores que no hacen más que lamerse el culo mutuamente! Conservan una verdad FALSA a base de buscar pruebas que justifiquen su versión de la historia y de rechazar toda aquella que les contradiga. Os traje pruebas, Trottinghoof, de todo lo que expuse.
—Pruebas que podrías haber obtenido de cualquier lugar, Aitana Pones, y haber creado tu propia teoría sobre una inexistente guerra entre Equestria y Cebrania.
Aitana dio un fuerte golpe con sus cascos al suelo y se acercó al doctor. Los periodistas tomaban nota como locos, al tiempo que sacaban fotos.
—¡¡No sólo os traje pruebas, pedazo de gilipollas!! ¡Os dí la localización exacta de las ruinas, os traje algunas armaduras del ducado de Unicornia y de los guerreros cebra! ¡Y lo rechazasteis, ni siquiera enviasteis a nadie a comprobar si las ruinas existían!
—¿Para qué íbamos a enviar a nadie, Aitana Pones? Si hubiera existido una guerra entre Equestria y Cebrania habríamos encontrado registros o pruebas en nuestro propio reino. Eso aparte de que la propia princesa Celestia siempre ha negado dicha confrontación.
—Ella tendrá sus motivos para hacerlo, Trottinghoof, ¡pero yo encontré pruebas que vosotros os negasteis a considerar!
—¡No nos hacen falta pruebas, Aitana Pones, para poder decir bien claro que como arqueóloga eres un FRAUDE!
La sala se quedó en silencio tras esa afirmación, ya que Aitana no respondió durante unos segundos. En lugar de ello, caminó hacia una pared y, con la cara fruncida por el enfado, golpeó un botón: la alarma de incendios. Todos se quedaron sorprendidos ante semejante acto, mientras que el ruido de la misma era acompañado por el galopar de los estudiantes abandonando el edificio.
—¿Ahora estás saboteando el campus? ¡Esto no quedará así...!
Pero el doctor se calló al observar que Aitana asía un hacha, del equipo anti-incendios, y se acercaba a la caja de metal que había en el centro del círculo ritual.
—Aitana —intentó su padre—, ¿no estarás pensando en...?
—Señores, quiero recordarles que están en un primer piso. Si saltan por la ventana deberían llegar al exterior relativamente intactos.
El profesor Pones echó a correr tan rápido como le permitían sus patas delanteras y salió al pasillo. Todos pudieron escuchar cómo el chirrido de su silla de ruedas se alejaba a toda velocidad. Aitana levantó el hacha y, con un impresionando crujido metálico, rompió los sellos arcanos que coronaban la caja. Después salió corriendo tras su padre, pero antes de abandonar la sala se detuvo y gritó:
—¡¡MANRESHT, BONITO, QUE DICEN QUE NO ERES DE VERDAD!!
Aitana Pones, la arqueóloga con peor reputación de Manehattan, galopó a toda velocidad. A su espalda se desató el infierno.
[center]**·-----·-----·-----**[/center][/b]
[center]**·-----·-----·-----**[/center][/b]
Nota del autor
Huh, ¿a Aitana se le ha ido la pinza, está de mala hostia o solo está resacosa? ¿O puede que un poco de cada?
Un episodio y acaba este fic para empezar el siguiente libro de la trilogía.